Supongamos, por un instante de flaqueza cognitiva inducida por el alcohol barato, que esa entidad abstracta llamada “bien común” existe más allá de las diapositivas de color pastel de un consultor de ética empresarial. Nos han vendido la gestión pública y la toma de decisiones corporativas como un ejercicio de dialéctica elevada, un intercambio de voluntades donde la empatía —ese lamentable error de redondeo en nuestro algoritmo biológico— nos conduce a un puerto seguro. Qué estafa. Miren a su alrededor. Cualquier reunión de consorcio, junta de accionistas o asamblea de barrio se parece más a una pelea a navajazos por la última croqueta congelada en una boda de tercera categoría que a un ágora platónica. La realidad es que la “voluntad general” no es más que un problema de optimización fallido en un espacio con una curvatura endiablada.
El fetiche de la media aritmética
Nos encanta romantizar el consenso. Lo tratamos como si fuera una propiedad emergente de la bondad humana, cuando no es más que una reducción forzada de la varianza estadística mediante el agotamiento. En el mundo del trabajo y la política, la “esfera pública” se vende como un espacio plano, euclidiano, donde las opiniones se suman y restan linealmente hasta llegar a un centro razonable. Es mentira. Es tan ridículo como creer que si encierras en una cocina a diez personas que no saben freír un huevo y promedias sus ignorancias, obtendrás una estrella Michelin. Lo que obtienes es una intoxicación alimentaria masiva y una cocina en llamas.
Esa obsesión moderna por la “democracia líquida” y la participación ciudadana infinita es el equivalente sociológico a intentar cargar la batería de un móvil soplando con desesperación en el puerto USB. Creemos que el movimiento frenético y el ruido de las bocas moviéndose generan energía, sin entender la termodinámica básica del sistema. La inmensa mayoría de las decisiones colectivas no son triunfos del entendimiento; son el resultado de la fatiga fisiológica. Cedemos y firmamos el acta no porque estemos de acuerdo con la estupidez propuesta, sino porque el glucógeno de nuestro lóbulo frontal se ha agotado, el aire de la sala huele a humanidad rancia y café quemado, y lo único que queremos es irnos a casa a vegetar frente a una serie mediocre.
Qué asco de optimismo antropológico.
Geometría del asco
Si dejamos de lado el sentimentalismo de manual de autoayuda y nos ponemos serios, lo que queda es la Geometría de la Información. La toma de decisiones no ocurre en el vacío, sino en una variedad estadística (manifold) llena de baches. Cada opinión, cada postura política o estrategia de mercado absurda, es un punto en una distribución de probabilidad. El “consenso” no es un abrazo grupal; es el intento desesperado de encontrar la geodésica —la distancia más corta— entre puntos en un espacio curvado por la métrica de información de Fisher.
Aquí es donde la realidad golpea a los entusiastas de la armonía. La curvatura de este espacio de decisión depende de la divergencia de las opiniones. Cuando las posturas son radicalmente opuestas, la variedad se curva tanto que la noción de “promedio” pierde todo sentido físico. Es como intentar trazar una línea recta sobre la superficie de una patata frita ondulada y grasienta: la geometría intrínseca del objeto te obliga a zigzaguear, a caer en valles de irracionalidad. La “polarización” de la que tanto se quejan los columnistas de opinión no es un fallo moral de la sociedad, es una propiedad topológica inevitable cuando la información está fragmentada.
En este sentido, la deliberación pública es un proceso puramente térmico. Intentamos enfriar el sistema para que la distribución de probabilidad colapse en un solo punto de acuerdo, pero olvidamos que la entropía es una amante cruel. Para reducir el caos en la sala de juntas, debemos aumentar el desorden en otro lugar. Por eso, tras cada “gran acuerdo social”, hay una legión de individuos resentidos que absorben el calor residual de la negociación, radiando odio en silencio mientras esperan su turno para sabotear el sistema.
El ruido y la pluma
La próxima vez que vean a un político o a un CEO hablar de “alinear visiones”, imaginen que están intentando ajustar los parámetros de una red neuronal profunda con una función de pérdida que nadie ha definido. El lenguaje humano, ese sistema de transmisión de datos tan rústico y lleno de interferencias como un walkie-talkie de juguete, es incapaz de mapear la complejidad de la variedad de decisiones. Estamos atrapados usando metáforas de la era del vapor para describir colapsos de funciones de onda informacionales.
Y para formalizar este teatro del absurdo, seguimos aferrados a rituales materiales. Necesitamos sentir el peso físico de la decisión para creer que es real. Es fascinante ver cómo, tras horas de discusiones circulares que no llevan a nada, alguien saca un bolígrafo Montblanc Meisterstück de resina preciosa, una herramienta que cuesta lo mismo que el alquiler de un mes en la periferia, para firmar un documento que certifica nuestra propia incompetencia colectiva. Es el culmen de la eficiencia capitalista: rodear la vacuidad del consenso con objetos de lujo insultante para autoconvencernos de que lo que acabamos de hacer tiene algún valor.
La verdad es que la geometría no perdona. No importa cuánto decoremos la sala, cuántos facilitadores contrates o cuántas pizarras llenes de post-its de colores: si la curvatura del espacio de información es excesiva, cualquier intento de forzar un acuerdo es matemáticamente equivalente a intentar alisar la superficie del mar con una plancha de ropa. Solo queda el ruido, el calor, y esa sensación persistente de que la “inteligencia colectiva” es un oxímoron diseñado para que no nos peguemos fuego los unos a los otros antes de que cierre el trimestre fiscal.
Me quiero ir a dormir.
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