Termodinámica del Esperpento

La última vez nos quedamos diseccionando la futilidad de la productividad individual, ese mito de Sísifo moderno donde empujamos una piedra de correos electrónicos cuesta arriba solo para que el servidor se caiga al amanecer y nos deje con la cara de imbéciles que el sistema requiere para funcionar. Pero hoy, mientras observo este café aguado —que es, básicamente, el equivalente líquido de una bofetada en un funeral—, me pregunto: ¿por qué demonios insistimos en agruparnos en esas máquinas de fricción y desesperación llamadas «organizaciones»? ¿Por qué preferimos el hedor de la moqueta vieja y el zumbido hipnótico del aire acondicionado a la libertad del caos individual?

La respuesta no es sociológica, ni mucho menos humana. Olviden esa basura sentimental sobre la «misión, visión y valores» que cuelgan en los pasillos. Es puramente física. Una empresa no es más que una estructura disipativa operando lejos del equilibrio, como un frigorífico viejo que hace un ruido infernal para mantener frío un trozo de carne que, sinceramente, ya no sirve para nada.

Entropía y el sudor del lunes

Para el ojo ingenuo, una corporación es un grupo de personas persiguiendo un objetivo común. Para la física, es un sistema abierto que ingiere baja entropía —capital que fluye denso como grasa de cocina atascada, talento fresco que se quema como cerillas húmedas— y excreta alta entropía: caos administrativo, facturas impagadas, informes de cuarenta páginas que nadie lee y un calor humano sofocante que recuerda al metro en hora punta a mediados de agosto. Según Ilya Prigogine, las estructuras disipativas se mantienen gracias a que exportan desorden al exterior para preservar un orden interno precario y ficticio.

Miren a sus departamentos de Recursos Humanos. No están ahí para «gestionar personas» ni para cuidar de su bienestar emocional; son el sistema de refrigeración de una máquina térmica que amenaza con fundirse por la fricción de sus propias incoherencias. El trabajo, esa unidad que los economistas miden con reglas de madera obsoletas, es en realidad la energía libre necesaria para evitar que la estructura colapse hacia la muerte térmica. Cada reunión de brainstorming no genera ideas, genera calor residual; gastamos vatios de energía metabólica preciosa para decidir el tono exacto de azul de un logotipo mientras el sol se apaga lentamente y a ti se te pasa el arroz de la comida que dejaste en el tupper comunitario. Es un esperpento termodinámico donde el sudor de la frente solo sirve para lubricar los engranajes de un motor que solo produce más ruido y más deuda.

El Teorema de la supervivencia al jefe

Aquí es donde entra Karl Friston y su Principio de Energía Libre, esa elegancia matemática que explica por qué sus empleados no se han vuelto locos todavía, o por qué lo han hecho de forma tan predecible que hasta un contable podría tabularlo en una hoja de cálculo. El cerebro humano es una máquina de inferencia bayesiana que busca, ante todo, minimizar la sorpresa. En el contexto de oficina, esto significa minimizar la posibilidad de que el jefe entre en el despacho gritando por un error que él mismo cometió pero que ha decidido olvidar.

En una organización, el «valor» no es más que el resultado de reducir la divergencia entre lo que esperamos del mercado y lo que el mercado nos arroja a la cara como un cubo de agua fría en invierno. La jerarquía no existe por autoridad moral o competencia técnica, sino por economía de la ignorancia. El jefe es simplemente el nodo con el modelo generativo más robusto —en teoría— encargado de amortiguar el ruido para que los subordinados no sufran un error de predicción catastrófico cada vez que el precio del gas sube tres céntimos. Pero claro, cuando el CEO confunde su intuición con la realidad física, el sistema entero entra en una fase de overfitting. Se vuelven rígidos, patéticos, como una batería de móvil vieja que marca el 100% de carga pero se apaga en cuanto intentas hacer una llamada de emergencia. Es el miedo a la sorpresa lo que mantiene las luces encendidas, no la innovación. El orden corporativo es solo el nombre elegante que le damos al pánico que ha sido procesado estadísticamente.

Disipación y el cuero de la vergüenza

Hablemos de esa supuesta «emergencia de valor». No es magia, es una transición de fase, tan prosaica como cuando el aceite usado se solidifica en las tuberías del fregadero. Cuando la densidad de información y estupidez alcanza un punto crítico, el sistema se reorganiza para no estallar. Pero para que esto ocurra, el entorno debe ser lo suficientemente ruidoso. Si el control es absoluto, el sistema se congela como una cuenta bancaria embargada; si es nulo, se evapora como las promesas de un político en campaña. La «cultura corporativa» es, por tanto, el ajuste fino de la temperatura del sistema para que nadie se dé cuenta de que estamos quemando los muebles del salón para calentar la casa.

Es curioso, casi tierno, ver cómo los directivos, en un alarde de desesperación por frenar el aumento inexorable de la entropía, deciden invertir en estas sillas ergonómicas de diseño absurdo que cuestan más que la fianza de un piso en el centro de la ciudad. Creen, en su infinita miopía, que la postura correcta de la columna vertebral reducirá la entropía del pensamiento, o que un soporte lumbar de malla transpirable y fibra de carbono podrá mitigar el hecho de que su modelo de negocio tiene la eficiencia térmica de una locomotora de carbón del siglo XIX perdiendo vapor por cada junta oxidada. Es una fe conmovedora en el mobiliario de oficina como escudo místico contra la segunda ley de la termodinámica. Piensan que si el cuerpo está cómodo, la mente ignorará que el barco se hunde.

Qué pérdida de tiempo.

Al final, lo que llamamos «éxito empresarial» es solo la capacidad temporal de una estructura para disipar energía de forma más coherente que el vecino, antes de que el universo reclame su deuda inevitable. Somos esclavos de la pendiente, insectos patéticos que intentan subir por un tobogán de hielo. Trabajamos frenéticamente para que el universo no se dé cuenta de que estamos aquí, robándole migajas de orden al vacío infinito. Me voy a por otro café. Este ya alcanzó el equilibrio térmico con el ambiente, es decir, está muerto. No tiene sentido intentar extraerle trabajo a algo que ya es igual de inútil que el resto del universo.

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