Qué espectáculo tan grotesco es observar a la clase gerencial contemporánea, un grupo de primates con trajes de poliéster convencidos de que están «creando valor» cuando, en realidad, su única contribución al cosmos es acelerar la muerte térmica del universo. Nos encerramos en torres de cristal, alquilamos oficinas con vistas a ciudades grises y llamamos «planificación estratégica» a lo que no es más que un intento desesperado y patético de retrasar lo inevitable. Entiendan esto de una vez por todas: una corporación no es una familia, ni un equipo, ni una misión sagrada. Es un sistema termodinámico abierto que lucha agónicamente contra la Segunda Ley de la Termodinámica. Y la física, en su infinita y fría indiferencia, siempre gana. Tarde o temprano, el desorden nos devora a todos.
El pozo negro de la entropía
Desde el instante preciso en que dos seres humanos deciden colaborar en un «proyecto», la entropía comienza a colonizarlos como el moho negro en una pared húmeda. En el vacío teórico de las escuelas de negocios, los procesos son lineales. En la realidad tangible, cada correo electrónico con copia oculta, cada reunión de «alineación» que dura tres horas y cada grupo de WhatsApp corporativo es un incremento neto de desorden irreversible. Es fascinante, de un modo mórbido, observar cómo la burocracia actúa como una fuerza de fricción en una maquinaria oxidada: genera calor —furia, estrés, cortisol— pero no produce ningún movimiento útil. Es el equivalente administrativo a intentar llenar un cubo lleno de agujeros utilizando una cuchara de postre, mientras la factura de la luz sube y tu estómago ruge porque solo te has alimentado de aire viciado y cafeína de máquina expendedora.
Observen a los mandos intermedios. Su función biológica teórica es procesar información para reducir la incertidumbre, pero en la práctica actúan como filtros de baja calidad que solo aumentan el ruido estadístico. Transforman energía útil en frustración pura y actas de reuniones que nadie leerá jamás. En este ecosistema de ineficiencia, la tan cacareada «continuidad del negocio» no es una virtud heroica, sino un estado de no-equilibrio mantenido artificialmente a base de inyectar recursos externos —dinero de inversores incautos o el sudor de becarios mal pagados— en un pozo sin fondo. Es como intentar cargar un teléfono de última generación conectándolo a una patata podrida; el esfuerzo es conmovedoramente estúpido y el resultado es nulo. Menuda estupidez.
Disipación y miseria
Para que una organización no implosione esta misma tarde, debe convertirse en lo que Ilya Prigogine llamó una estructura disipativa. Esto significa que debe exportar su entropía interna al entorno para mantener una apariencia de orden local. ¿Y cómo lo hace una empresa moderna? Despidiendo gente, externalizando costes o triturando la salud mental de sus empleados hasta convertirlos en residuo seco. La toma de decisiones no es un proceso racional; es una fluctuación estocástica, un espasmo muscular de un organismo que sabe que su final está cerca. Un CEO no «decide»; simplemente reacciona a una acumulación insoportable de presión hasta que el sistema colapsa hacia un nuevo estado de menor energía.
Y mientras el barco se hunde y el agua nos llega al cuello, la prioridad de la cúpula directiva es asegurarse de que sus traseros estén cómodos. Es un insulto a la inteligencia ver cómo se dilapida el presupuesto en una Silla de trabajo ergonómica con soporte lumbar avanzado, como si un esqueleto de polímero y malla pudiera detener la degeneración de una columna vertebral destrozada por una década de servidumbre inútil. Es un lujo obsceno, una tirita de seda sobre una herida gangrenada. Se sientan ahí, flotando en su burbuja de confort ergonómico, mientras el flujo de caja se desangra y los empleados de la base se alimentan de ansiedad procesada. Todo para mantener la ilusión de que alguien tiene el control del timón. Qué fatiga mental.
Ruido blanco
La comunicación corporativa es el ruido de fondo de nuestra civilización en decadencia. Palabras vacías como «sinergia», «disrupción», «resiliencia» o «paradigma» son los fotones de baja energía que emite un sistema en descomposición. No significan nada. Son señales acústicas diseñadas para ocultar el hecho terrorífico de que nadie sabe qué demonios está pasando. La toma de decisiones, en este contexto, se asemeja a intentar jugar una partida de ajedrez con piezas de mantequilla bajo un sol abrasador en mitad de un terremoto de grado ocho. Los movimientos son aleatorios, pero los jugadores insisten en analizar la «táctica» en el post-mortem, después de que el techo se haya derrumbado sobre sus cabezas.
La neurociencia nos dice que el cerebro humano detesta la incertidumbre, por eso inventamos jerarquías. Pero la jerarquía es solo una forma de concentrar la entropía en la base de la pirámide para que la cima pueda disfrutar de una alucinación de orden cristalino. Es un espejismo. Al final, todo sistema tiende al equilibrio, y en termodinámica, el equilibrio es la muerte. Una empresa perfectamente organizada, sin conflictos y sin «ruido», es un cadáver administrativo. Gastamos vidas enteras optimizando procesos para ahorrar nanosegundos, mientras la batería de nuestra propia existencia se degrada más rápido que la de un juguete barato olvidado al sol. Al final, lo único que queda es el rastro de calor de una ambición que nunca tuvo sustento físico. Me quiero morir de solo pensarlo.
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