Dicen que el «espíritu emprendedor» es una virtud quijotesca, una chispa divina que separa a los visionarios de los simples mortales que respiran por la boca. Qué sarta de imbecilidades. Me van a perdonar, pero después de tres copas de este tinto barato que sabe a vinagre y desesperación, la realidad se vuelve insultantemente nítida. Lo que llaman «disrupción» en las revistas de negocios no es más que un intento patético, una pataleta de niño rico, de rebelarse contra el hecho termodinámico fundamental de que todo en esta vida tiende a pudrirse. No busquéis poesía donde solo hay física de bar y números rojos.
Mirad a esos fundadores en sus oficinas de cristal, convencidos de que están cambiando el mundo con una app para pasear iguanas, mientras no saben ni cómo freír un huevo sin quemar la cocina. Lo que realmente están haciendo es construir una estructura disipativa. Ilya Prigogine —un tipo que seguramente nunca tuvo que lidiar con un casero que no te devuelve la fianza por una mancha de humedad— decía que estos sistemas solo sobreviven si engullen energía del entorno. Traducido para los que no tenéis un doctorado y tenéis prisa: o robas el tiempo de otros o quemas el dinero de los inversores como si fuera carbón en una locomotora que se dirige hacia un puente roto. Para que tu oficina diáfana huela a café de especialidad y a éxito prefabricado, el resto del mundo tiene que oler a sudor rancio. El orden de tu pequeña burbuja es un préstamo carísimo que se paga con el caos ajeno.
Hambre
En este lodazal que llamamos mercado libre, la entropía no es un concepto abstracto de pizarra; es ese ruido insoportable de los platos rompiéndose en la cocina cuando el servicio colapsa. Es la fuerza gravitatoria que convierte a un equipo de tres amigos con una idea brillante en una masa amorfa de treinta burócratas discutiendo el matiz exacto de azul de un puto logotipo mientras la cuenta bancaria se desangra. Es inevitable. La física no acepta sobornos, ni siquiera con las rondas de inversión más obscenas de Silicon Valley. Un sistema cerrado se pudre, igual que se pudre el pan si lo dejas en la bolsa de plástico demasiado tiempo bajo el sol. Por eso una empresa que deja de absorber carne fresca, o sea, talento barato y capital de riesgo ciego, colapsa sobre su propio peso muerto entre estertores financieros.
Es como esa sensación de tener el estómago vacío a las tres de la mañana: una necesidad voraz, casi animal, que te obliga a moverte, a devorar lo que sea que encuentres en la nevera. Los emprendedores se creen arquitectos del destino, pero son simples parásitos intentando tapar fugas de agua con fajos de billetes. La pasión de la que tanto presumen en LinkedIn no es más que un error de cálculo en su cerebro, una descarga de dopamina similar a la que siente un ludópata antes de perder hasta la camisa y el reloj. Es el mismo mecanismo biológico defectuoso que te hace pedir otra ración de bravas aceitosas cuando sabes perfectamente que te van a sentar como una patada en el hígado. Lo llaman «visión», pero solo es hambre de reconocimiento envuelta en papel de regalo brillante.
Factura
Para que una startup no se desintegre en el olvido antes de salir a bolsa, necesita un flujo constante de inyecciones letales de capital. Pero aquí está el truco sucio que nadie te cuenta en las escuelas de negocios: para mantener ese orden interno impoluto, tienes que escupir la mierda hacia afuera. El estrés crónico, las úlceras de estómago y esas noches sin dormir en las que te planteas si tu vida tiene algún sentido son la entropía que el sistema expulsa violentamente. El éxito corporativo es solo el desorden que has logrado trasladar astutamente a la vida privada de tus empleados para que tu gráfico de ventas no parezca la línea de un electrocardiograma plano.
Me produce una náusea casi física ver a esos CEOs tecleando frenéticamente en su MacBook Pro de última generación, acariciando el aluminio frío como si fuera un talismán, como si la resolución de la pantalla Retina pudiera ocultar que no tienen ni remota idea de lo que harán cuando el flujo de caja se detenga el mes que viene. Es una estética del orden diseñada para ocultar una física del desastre inminente. Se compran sillas ergonómicas de mil euros para que su columna vertebral no colapse antes que su modelo de negocio. Es el teatro de la estabilidad montado en mitad de un incendio forestal. Si dejamos de ver la economía como algo noble y la miramos como lo que realmente es —una lucha violenta y sucia por retrasar la muerte térmica del alma—, todo este drama de las oficinas resulta ridículo. No hay genios, solo gente que ha tenido la suerte de encontrar más leña que quemar que su vecino.
Basura
Al final, la diferencia entre una multinacional tecnológica y el pobre tipo que vende pañuelos en el semáforo es solo una cuestión de escala en la gestión de sus desperdicios. Ambos luchan contra el mismo enemigo: el ruido. Cuando la comunicación en una empresa se vuelve tan densa y pegajosa que un correo electrónico tarda tres días en ser contestado por un comité de inútiles, el sistema ha llegado a su límite termodinámico. La información ya no es energía útil; es calor residual. Es basura acumulada en los pasillos de una organización que se cree eterna pero que tiene los días contados.
La gente busca «propósito» en su trabajo porque la verdad desnuda es demasiado dolorosa para aceptarla sin anestesia. El propósito es solo un vector arbitrario, una flechita dibujada con rotulador permanente en una pizarra blanca para que no te des cuenta de que eres una partícula aleatoria chocando contra otras en un vacío sin sentido ni dirección. Mañana, las oficinas volverán a abrir sus puertas automáticas. Se encenderán las luces fluorescentes que te roban la juventud, la energía fluirá por los cables y la entropía seguirá devorando sueños, presupuestos y esperanzas con la misma indiferencia cósmica con la que el mar se traga un castillo de arena. Yo, por mi parte, pediré otra copa y veré desde esta barra cómo este circo se calienta hasta que no quede nada más que cenizas y facturas impagadas.
Ponedme la cuenta de una vez, que este sitio empieza a oler a derrota.
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