A veces, mientras observo cómo las burbujas de esta cerveza mediocre luchan inútilmente por alcanzar la superficie, me pregunto qué clase de broma cósmica ha llevado a los directivos a obsesionarse con la palabra “ecosistema”. Se llenan la boca con ella en las reuniones de los lunes, con los ojos brillantes, como si invocar el espÃritu de una selva virgen fuera a salvar sus balances trimestrales de la irrelevancia absoluta. Pero seamos brutalmente honestos: lo que ellos llaman “sinergia” no tiene nada que ver con la biologÃa ni con la vida. Lo que sucede en esas oficinas de cristal es algo mucho más sucio, más parecido a un estofado barato que alguien dejó olvidado al sol durante una semana de agosto. No es crecimiento; es fermentación.
Si dejamos de lado los eufemismos de LinkedIn y miramos la realidad con la frialdad de un forense, una empresa no es un organismo vivo. Es, en el mejor de los casos, una tuberÃa atascada. Los consultores adoran hablar de “estructuras disipativas” y citar a fÃsicos que no han leÃdo, intentando sonar profundos. Pero no hay profundidad alguna aquÃ. Lo que realmente están describiendo es el funcionamiento de un extractor de cocina lleno de grasa rancia: un sistema que solo mantiene su supuesta limpieza interna a base de expulsar humo negro y pringue hacia la cara de los demás. Para que el despacho del CEO brille y huela a lavanda, el resto del sistema debe estar nadando en la inmundicia del estrés y la burocracia absurda.
Esa famosa “neguentropÃa” o entropÃa negativa que tanto excita a los teóricos del management no es magia. Es un acto de vandalismo termodinámico. Es, simple y llanamente, robar la carne del plato de otro para no morir de hambre. Cuando una corporación presume de “orden” y “eficiencia”, lo que está haciendo es saquear la energÃa vital de sus empleados, masticarla con dientes podridos y escupir los huesos en forma de ansiedad y tiempo perdido. El orden interno de la empresa se paga con el caos de tu vida personal. Es una transferencia de deuda; ellos se quedan con el activo, tú te quedas con la úlcera.
Y, sin embargo, participamos en esta farsa con una vanidad conmovedora. Nos sentamos en una silla ergonómica de alta ingenierÃa que cuesta más que el primer coche de mi padre, ajustamos el soporte lumbar con precisión milimétrica y nos convencemos de que somos los arquitectos del futuro. Qué ridÃculo. Acomodar el trasero en una malla de polÃmero de mil dólares no cambia el hecho de que eres un engranaje en una máquina diseñada para producir nada. Esa silla no es un trono; es un dispositivo paliativo para que tu espalda no se rompa antes de que la empresa haya terminado de extraerte hasta la última calorÃa de utilidad. Te sientes importante, protegido por la ergonomÃa, mientras firmas documentos que acabarán triturados y olvidados antes de que salga el sol.
Lo que los departamentos de Recursos Humanos llaman “burnout” no es una crisis emocional ni una falta de resiliencia. Por favor, dejemos de psicologizar la fÃsica. Es pura fricción. Es el ruido térmico de un motor ineficiente que está quemando aceite. Eres carbón barato en una caldera vieja. Esa sensación de vacÃo que te asalta los domingos por la tarde no es depresión; es la termodinámica cobrándose su precio. Has disipado tu energÃa potencial para mantener en movimiento una rueda que no va a ninguna parte, y lo único que te queda es el calor residual de la indignación.
Al final, todo este teatro de la innovación y el liderazgo no es más que un intento desesperado de maquillar la descomposición. Somos como alguien que conecta un teléfono con la baterÃa muerta a un cargador con el cable pelado: el aparato se calienta, la pantalla parpadea, y nos mentimos diciendo que está cargando, cuando en realidad solo estamos acelerando la muerte del dispositivo. La organización perfecta no existe; solo existen diferentes velocidades de putrefacción.
Qué asco de vino. Me voy a casa antes de que me cobren por el aire que estoy gastando.
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