Geometría de la Incompetencia

No existe experiencia más cercana a la muerte cerebral voluntaria que asistir a una junta de comunidad de vecinos un martes por la tarde. El aire en la sala —generalmente un sótano sin ventilación que huele a humedad y a desinfectante barato— se espesa con una tensión que no es política, sino puramente zoológica. Estamos ahí para decidir si se cambia la bajante del edificio o si el felpudo de la entrada debe ser gris o burdeos, pero en realidad, lo que estamos presenciando es el colapso de la racionalidad humana bajo su propio peso gravitacional. Lo llamamos «democracia participativa» o «consenso», pero si aplicamos el rigor de la física matemática, lo que tenemos delante es un problema mal planteado de Geometría de la Información. Y créanme, la solución siempre es divergente.

Qué martirio.

Para entender por qué es matemáticamente imposible que este grupo de primates con hipotecas llegue a una conclusión lógica, hay que dejar de pensar en la sociología y empezar a pensar en variedades riemannianas. Imaginen que el espacio de todas las posibles opiniones no es un folio en blanco, sino una superficie retorcida, llena de baches y agujeros negros. Cada vez que el vecino del 5ºB abre la boca para quejarse del ruido, no está simplemente emitiendo sonido; está deformando la variedad estadística del grupo. En este contexto, la «voluntad general» no es más que un punto en una variedad de distribuciones de probabilidad, y el proceso de votación es un intento desesperado de minimizar la divergencia de Kullback-Leibler entre la realidad y el delirio colectivo.

Aquí entra en juego el verdugo silencioso: la Información de Fisher. En términos técnicos, esta métrica mide cuánta información transporta una variable aleatoria observable sobre un parámetro desconocido. En términos de mi paciencia, la métrica de Fisher en esta reunión es indistinguible de cero. Significa que, por mucho que griten, por mucho que se insulten y por mucho que gesticulen, la cantidad de «verdad» o «utilidad» que podemos extraer de este ruido es nula. Es como intentar deducir la estructura fina del universo escuchando a un borracho intentar recordar su número de DNI. La varianza es infinita; la precisión, inexistente.

Y mientras el administrador de fincas intenta explicar una derrama con la elocuencia de un molusco, yo solo puedo pensar en mi zona lumbar. Llevamos tres horas sentados en unas sillas de plástico rígido que parecen diseñadas por la Inquisición española para confesar herejías. Es en momentos así cuando la fantasía de consumo se vuelve violenta; pienso en esa obscena silla ergonómica de malla transpirable y soporte lumbar dinámico que cuesta más que la nómina de todos los presentes juntos. Una atrocidad del capitalismo tardío, sí, pero al menos su ingeniería respeta la anatomía humana, a diferencia de este proceso de toma de decisiones que insulta a la inteligencia.

El verdadero drama, sin embargo, es la curvatura escalar del sistema. Si el espacio de consenso fuera plano (euclídeo), podríamos trazar una línea recta —una geodésica simple— desde el problema (la gotera) hasta la solución (el fontanero). Pero el espacio social tiene una curvatura negativa constante, como una silla de montar hiperbólica. Esto significa que las geodésicas divergen. Cuanto más intentamos acercarnos a un acuerdo, más nos alejamos los unos de los otros. La avaricia de la señora del primero, que se niega a pagar un céntimo, y la paranoia del señor del ático, que cree que el conserje es un espía del gobierno, actúan como tensores que retuercen el tejido del espacio. Intentar navegar en línea recta aquí es imposible; para llegar a cualquier acuerdo, hay que dar rodeos absurdos, mentir, sobornar emocionalmente y atravesar ciénagas de retórica vacía.

Es física básica aplicada a la miseria humana. La dificultad de alcanzar un consenso es directamente proporcional a la curvatura de la variedad estadística que habitamos. Y en esta sala, la curvatura es tan extrema que la luz de la razón ni siquiera puede escapar. Estamos atrapados en un horizonte de sucesos de estupidez. Me hace gracia cuando los teóricos de juegos hablan del «Equilibrio de Nash» como si fuera algo alcanzable por seres que ni siquiera saben reciclar correctamente el cartón. Aquí no hay equilibrio; hay un estado metaestable de agresión pasiva sostenida.

No puedo más.

Al final, se vota. Por supuesto, se vota la opción más cara, la menos eficiente y la que garantiza que volveremos a estar aquí dentro de tres meses discutiendo lo mismo. La entropía ha ganado, como siempre. La segunda ley de la termodinámica es la única constitución que se respeta rigurosamente en este edificio. Salgo a la calle buscando aire, con la certeza matemática de que la inteligencia colectiva es un oxímoron y que la única geometría que verdaderamente dominamos es la del círculo vicioso.

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