Desgaste

Estábamos hablando el otro día, mientras intentábamos no mirar la capa de grasa que flotaba en ese caldo mediocre que sirven en el menú del día, sobre la gran mentira de la «sinergia». Es fascinante, de una manera casi pornográfica, observar cómo los directivos intentan pegar trozos de departamentos disfuncionales con la saliva de la retórica motivacional. Esperan que de ese Frankenstein surja algo parecido a la eficiencia, pero seamos brutalmente honestos: la mayoría de las organizaciones no son catedrales del progreso, sino vertederos de energía térmica donde la ambición humana va a morir.

La empresa moderna, ese lugar que te venden con fotos de gente sonriendo ante portátiles apagados, es en realidad una estructura disipativa en el sentido más sucio de la física. Para mantener esa fachada de orden —lo que los técnicos llaman baja entropía—, el sistema necesita escupir una cantidad obscena de caos hacia su entorno. Lo que tú llamas «cultura corporativa» no es más que el ruido de miles de egos friccionando entre sí, generando un calor inútil, como el motor de un coche viejo que consume más aceite que gasolina justo antes de gripar.

Qué estupidez.

El olor del estancamiento

Para entender por qué tu oficina huele a desesperación a pesar del ambientador de pino, hay que dejar de leer libros de gestión y empezar a mirar la basura. En un sistema cerrado, la podredumbre es inevitable. Fisiológicamente, una reunión de tres horas no es «trabajo en equipo»; es un grupo de mamíferos encerrados en una caja de pladur, procesando glucosa para convertirla en dióxido de carbono y en diapositivas que nadie leerá jamás. Es una transformación química grotesca: coges tiempo de vida, que es un recurso finito y precioso, y lo conviertes en hastío y aire viciado.

Esa supuesta «autonomía» que tanto celebran ahora no es libertad. Es una estafa. Es simplemente la transferencia de la carga de mantenimiento del orden al individuo. Antes, un capataz te gritaba; ahora, se espera que tú mismo te flageles con la eficiencia. Es como si en un restaurante, en lugar de servirte, te obligaran a cocinar tu propia cena con las sobras de ayer mientras el dueño te cobra el cubierto. Te sientes «empoderado» mientras gestionas tu propia indigestión.

Me duele la cabeza solo de pensarlo.

La navaja invisible

Y aquí es donde entra el verdadero arquitecto de este siglo, esa lógica fría y matemática que se está instalando en los servidores del sótano. Olvida los términos de moda; hablemos del mecanismo. Hay un agente silencioso, un clasificador incansable que actúa como el portero de una discoteca exclusiva, separando lo útil de lo superfluo con una precisión que da escalofríos. No tiene «intuición», no tiene «días malos» y no le importa si tu hijo tiene fiebre. Solo procesa probabilidades.

El sentimentalismo humano es, para este cálculo, un error de diseño. Una mancha de grasa en la lente. Mientras tú te preocupas por la «política de oficina» y por quién se sienta dónde, el sistema está recalculando la viabilidad de tu existencia en la nómina. Y lo hace sin rencor. Es la diferencia entre un artesano que llora sobre su obra y una prensa hidráulica. La prensa no siente, solo aplasta. Los directivos mediocres intentan esconder su irrelevancia comprando una silla de oficina de cuero italiano de grano superior, creyendo que si su trasero descansa sobre 5.000 euros de material noble, su intelecto parecerá más pesado. Pero el algoritmo sabe que solo es un mueble caro sosteniendo a un organismo ineficiente.

Cenizas y grasa

Al final del día, la organización ya no es un lugar físico, es un flujo metabólico. Un intestino gigante que procesa datos y excreta decisiones. Los que todavía claman por el «factor humano» son como alguien que intenta arreglar un circuito impreso echándole aceite de oliva virgen extra porque «así lo hacía la abuela». Es un error de categoría lamentable.

El universo es un lugar frío que tiende al equilibrio térmico, y tu empresa no es más que una pequeña hoguera luchando por no apagarse, consumiendo vidas humanas como si fueran leña húmeda en una noche de invierno. Todo ese estrés, esa urgencia por el cierre del trimestre, esa sensación de que el traje de poliéster te corta la circulación en la ingle… no es más que el calor residual de una maquinaria que no sabe frenar. Somos variables en una ecuación que ya ha sido resuelta, esperando a que el resultado se imprima.

Me quiero ir a casa.

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