Curvatura del Caos

El Teatro de la Responsabilidad y el Hambre

Es fascinante, y a la vez profundamente irritante, observar cómo los consejos de administración se han transformado en una especie de seminario teológico de bajo presupuesto. Hoy en día, ninguna empresa se atreve a venderte un simple tornillo sin antes jurar por la salud del planeta, la paz mundial y la felicidad de los unicornios. Hablan de la «función pública» de la empresa privada como si hubieran descubierto el fuego, cuando en realidad solo están intentando desesperadamente no ser linchados por la horda digital de turno. Es una pantomima arquitectónica, un decorado de cartón piedra que oculta una maquinaria estadística fría y carente de alma. Es la misma sensación de vacío que sientes cuando pagas veinte euros por una hamburguesa «artesanal» que sabe a cartón mojado y desesperación; te venden el relato porque el producto es una absoluta porquería.

La verdad, sin embargo, es mucho menos poética y bastante más geométrica. Lo que llaman «compromiso social» no es más que un intento grosero de navegar por el lodo de las hojas de Excel. Imagine que el mercado y la sociedad son una superficie curva, tan accidentada como el estómago de un ejecutivo tras una cena de negocios a base de mariscos en mal estado. La Matriz de Información de Fisher no es otra cosa que el tensor métrico que define esta superficie de grasa y ruido. Si una empresa quiere «optimizar» su impacto público, lo que realmente está haciendo es intentar ajustar sus parámetros internos para que coincidan con la máxima verosimilitud de lo que la masa hambrienta espera de ella. Es como intentar sintonizar una radio vieja mientras viajas a doscientos kilómetros por hora en un coche con los neumáticos lisos, rezando para que la siguiente curva no sea el precipicio de la quiebra técnica.

Qué estupidez.

La Ficción del Orden

La «voluntad pública» es la mayor estafa neurocientífica del siglo XXI. Lo que percibimos como un consenso ético en los negocios es simplemente un subproducto de la arquitectura de nuestras redes neuronales, que buscan desesperadamente patrones de seguridad donde solo hay fluctuaciones térmicas de datos y el rugido de las tripas a la hora del almuerzo. Nos gusta creer que una empresa es «buena» porque dona una fracción ridícula de sus beneficios a plantar árboles que probablemente morirán en dos semanas, pero esa sensación de calidez en el pecho es solo un error de procesamiento, un residuo de dopamina mal gestionado, similar a la falsa satisfacción que sientes al encontrar una moneda de cinco céntimos en el suelo de un parking sucio.

Es el mismo autoengaño que nos lleva a comprar esas estilográficas de resina preciosa que cuestan tres salarios mínimos solo para firmar recibos de la luz en una oficina que huele a fotocopiadora vieja y café recalentado. Creemos que el objeto tiene «sustancia» o «clase», cuando su única función física es la misma que la de un bolígrafo de plástico que te regalan en la farmacia y que se queda sin tinta a la mitad de una palabra importante. En la supuesta gobernanza de estos sistemas automáticos, este sesgo se traduce en el intento patético de codificar la «ética» en los procesos. Como si se pudiera reducir la justicia a un hiperparámetro o a un plato de sopa fría. Intentar que un modelo de lenguaje sea «moralmente correcto» es tan absurdo como pedirle a una ley de la termodinámica que sea «amable» mientras te quema la tostada del desayuno. No es filosofía, es simplemente el miedo a que la máquina revele que nosotros somos igual de predecibles y aburridos.

La Métrica de la Desgracia Diaria

Si entramos en el terreno de la geometría de la información, el asunto se vuelve deliciosamente cínico. La toma de decisiones en una organización no busca el «bien», busca minimizar la pérdida de información entre su modelo interno y la realidad externa, esa realidad que siempre tiene el tacto pegajoso de una pantalla de smartphone llena de huellas de grasa. La curvatura de Fisher nos indica cuán sensible es el modelo a los cambios en los datos del entorno. Una empresa con una curvatura alta es una empresa histérica: cualquier pequeño cambio en la opinión pública, cualquier tuit de un adolescente enfurecido, la hace entrar en pánico y cambiar su logo a los colores de moda o declarar un amor eterno por la sostenibilidad mientras sube el precio del pan.

Es como esos smartphones modernos cuya batería se degrada con solo mirarlos, dejándote tirado en medio de ninguna parte justo cuando necesitas consultar el mapa. Al principio, todo es eficiencia y brillo de marketing, pero en cuanto el entorno se vuelve mínimamente exigente, el sistema colapsa bajo el peso de su propia complejidad innecesaria. La optimización no es una búsqueda de la excelencia, es una huida desesperada de la entropía y del sudor frío que te recorre la espalda cuando te das cuenta de que el cajero automático ha rechazado tu tarjeta. La gobernanza de estos procesos no es más que un conjunto de restricciones impuestas para evitar que el algoritmo caiga en un mínimo local de sociopatía estadística. No lo hacemos por amor a la humanidad, lo hacemos porque el caos es caro, el desorden genera multas y nosotros somos demasiado cobardes para vivir sin una estructura que nos diga qué es lo que debemos odiar hoy.

Me quiero ir a casa. El café está frío y vuestras teorías son aún más gélidas.

Ruido y Postureo Ergonómico

Al final del día, toda esta cháchara sobre la consideración técnica del poder corporativo se reduce a una lucha contra el ruido de fondo. La sociedad es una señal ruidosa, caótica y maloliente, y la «transparencia» es el filtro barato que las empresas usan para pretender que no están cocinando los libros bajo la mesa. Observen la ironía: cuanto más compleja es la estructura de gobernanza, más opaca se vuelve la realidad. Es la paradoja de la información; a mayor cantidad de datos, mayor es el volumen de basura que hay que procesar para encontrar un solo átomo de verdad, como buscar una lentilla en el suelo de una discoteca a las cinco de la mañana.

No hay nada noble en la optimización. Es simplemente una respuesta biológica y matemática a la escasez, al miedo y a la irritación de tener que compartir el mundo con otros siete mil millones de imbéciles. El director general que habla de «propósito» mientras se sienta en una silla ergonómica de tres mil euros que supuestamente corrige su postura —pero no su hipocresía ni su falta de talento— es el símbolo perfecto de nuestra era. Estamos atrapados en una variedad de Riemann de nuestra propia invención, calculando derivadas de funciones de bienestar que no existen, mientras el motor del mundo sigue quemando combustible real y el precio de la leche sigue subiendo, indiferente a nuestras geometrías elegantes y a nuestros discursos de cartón. Todo es una distracción estadística para no admitir que, en el fondo, nadie sabe quién lleva el volante y que el coche se está quedando sin frenos.

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