Observo los posos de este vino peleón —que en este bar de mala muerte me han cobrado a precio de sangre de unicornio— y no puedo evitar pensar en la farsa monumental que es la “estrategia corporativa”. Esos directivos de trajes impolutos y almas de poliéster se llenan la boca hablando de planes a diez años y crecimiento infinito, sin tener la más remota idea de que, en realidad, no están haciendo más que escupirle a la cara a la Segunda Ley de la Termodinámica. Repiten la palabra “sostenibilidad” como si fuera un ensalmo místico contra la putrefacción, un amuleto verbal para ahuyentar lo inevitable. Pero la física no atiende a plegarias ni a PowerPoints.
La empresa moderna, ese Leviatán de cristal y hormigón que juramos defender con nuestra “misión y visión”, no es más que una estructura disipativa de manual. Un sistema abierto que, para mantener una apariencia de orden interno precario, necesita devorar cantidades obscenas de energía del entorno y vomitar desorden hacia afuera a una velocidad vertiginosa. Es pura física de Prigogine aplicada a un cubículo gris que huele a desesperación y café de máquina. Nos creemos arquitectos de imperios, pero somos meros catalizadores acelerando la muerte térmica del universo solo para que el EBITDA del trimestre no parezca el encefalograma de un cadáver.
Qué estupidez más absoluta.
Caos
Hablemos de la gestión, esa catedral del absurdo. Intentar imponer una “cultura organizacional” es como tratar de ordenar un vertedero durante un huracán a base de silbatazos. Desde una perspectiva termodinámica, el orden es una anomalía estadística, una rareza que la naturaleza detesta. Para que una corporación no se disuelva en una sopa primigenia de empleados viendo TikToks en el baño, se requiere una inyección masiva y constante de energía de baja entropía: capital, recursos, y la fuerza vital de seres humanos que preferirían estar en cualquier otro lugar.
El verdadero problema es que la gestión humana es un error de software biológico. Nos empeñamos en disfrazar la coerción de “liderazgo”. Los mandos intermedios patrullan las oficinas diáfanas no con la visión de un estratega, sino con la obsesión mórbida de un cuervo picoteando una bolsa de basura orgánica dejada al sol demasiado tiempo. Buscan el error, la desviación, el “incumplimiento del KPI”, con una insistencia que roza lo patológico. Miden la productividad con métricas que tienen menos conexión con la realidad que el horóscopo de una revista de moda, convencidos de que si aprietan lo suficiente las tuercas, la máquina dejará de sangrar aceite.
Esos picos de dopamina y oxitocina que llamamos “lealtad” o “compromiso” no son valores morales; son trucos evolutivos para que no huyamos de la tribu cuando acecha el depredador. Solo que hoy el depredador es el despido improcedente y la tribu es una sala de reuniones sin ventanas. La organización acaba pareciéndose a una de esas pilas alcalinas baratas compradas en un bazar de todo a cien: al principio parece que funciona, que hay flujo, pero la resistencia interna se dispara con cada ciclo. Se calienta, se hincha, empieza a supurar un ácido corrosivo que lo quema todo, y al final, te das cuenta de que has sacrificado tu vida para alimentar un juguete roto.
Orden
Para que exista ese espejismo de “orden público” dentro de la entidad, es imperativo exportar entropía. ¿Y a dónde va ese caos? Se inyecta directamente en el sistema nervioso del empleado, se vierte sobre el cliente y se defeca sobre el medio ambiente. La paz social de la oficina se paga con úlceras gástricas y ansiolíticos. Es una transferencia de desorden, nada más.
Mientras el CEO se reclina en una [silla Herman Miller Aeron](https://www.hermanmiller.com/en_lac/products/seating/office-chairs/aeron-chairs/) —esa obscenidad de malla pellicle y diseño posmoderno que cuesta lo que un coche de segunda mano—, cree que está a salvo. Piensa que el soporte lumbar le protegerá de la gravedad, pero déjenme decirles algo: corregir la curvatura de la columna vertebral no va a arreglar la geometría retorcida de un alma que se lucra del agotamiento ajeno. La jerarquía no es más que un filtro de paso bajo diseñado para que la complejidad del mundo no colapse la mente simplista de quien toma las decisiones. El jefe no quiere la verdad; quiere un resumen ejecutivo que pueda digerir entre bocado y bocado de su almuerzo pagado con la tarjeta de empresa.
Es la misma lógica de una churrería de feria a las cuatro de la mañana: aceite quemado, masa frita y una ilusión de saciedad que precede a la náusea. Transformamos energía útil en basura plástica y estrés, y lo llamamos “Producto Interior Bruto”.
Me dan ganas de llorar, de verdad.
Fugacidad
La sostenibilidad es, por tanto, una mentira piadosa, un cuento para dormir a accionistas nerviosos. Nada es sostenible. El éxito empresarial es simplemente la capacidad de retrasar lo inevitable un poco más que la competencia, un juego de sillas musicales donde la música es el flujo de caja y el silencio final es el cero absoluto.
Incluso los fetiches del poder delatan esta farsa. Veo a ejecutivos firmando despidos con una [Montblanc Meisterstück](https://www.montblanc.com/es-es/collection/writing-instruments/meisterstueck) bañada en oro, deslizando el plumín sobre un papel que acabará triturado y reciclado en cartón para huevos en menos de un mes. Ese objeto de lujo es un ancla desesperada, un intento patético de fijar una permanencia en un mundo que se deshace como un azucarillo en agua caliente. Somos un coche viejo bajando un puerto de montaña sin frenos, celebrando la velocidad mientras los neumáticos echan humo y el motor se funde.
Me quiero ir a casa. Mañana será lunes y volveremos a conectar la máquina a la red, a inyectar voltaje en el cadáver y a fingir que el caos no nos está ganando la partida por goleada. Pero lo está haciendo.
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