Geometría del Desecho

Observar a la plebe empresarial hablar de “capital humano” provoca una náusea intelectual difícil de reprimir. Tratan el talento como si fuera un fluido místico, una especie de élan vital que brota de las entrañas de los recién graduados, cuando la realidad es mucho más sórdida: es pura compresión de datos para que la maquinaria no se atasque. Lo que ustedes llaman “aprender un oficio” no es un viaje espiritual hacia la autorrealización; es un desplazamiento forzado a través de una variedad estadística riemanniana, donde la métrica de Fisher dicta la curvatura de su propia irrelevancia. Es un cálculo frío para determinar cuánto se puede exprimir un limón antes de que la cáscara amargue el gin-tonic del accionista.

Qué estupidez.

Mercancía

En los despachos que huelen a moqueta vieja, a ozono de fotocopiadora y a miedo a ser despedido, el trabajador promedio se engaña pensando que está “creciendo”. Es una mentira piadosa para no saltar por la ventana. Lo único que ocurre es una minimización de la incertidumbre en un sistema caótico. Imaginen que su cerebro es una pizza de ayer que intentan recalentar en un microondas sucio de la sala de descanso: por mucho que giren el plato y ajusten la potencia, el resultado siempre será una masa gomosa y decepcionante que solo sirve para engañar al hambre hasta la hora de salida. La infraestructura ocupacional pública es ese microondas: un electrodoméstico obsoleto que promete nutrición pero solo entrega radiación de baja calidad.

El proceso de adquirir habilidades es, en rigor, un ajuste de parámetros para reducir la varianza estadística. Se mueven por la variedad de probabilidad buscando el punto donde el jefe deje de gritar, optimizando su comportamiento no por excelencia, sino por pura supervivencia biológica. Es la misma ansiedad corrosiva que se siente al mirar el saldo bancario el día 20 del mes, calculando con desesperación si pueden permitirse un menú del día decente o si tendrán que conformarse con el agua del grifo y un poco de dignidad recalentada. La educación no es un ascensor social; es el manual de instrucciones para ser una batería genérica que se compra en una gasolinera y que se desecha en el contenedor de reciclaje en cuanto pierde la carga.

Me quiero ir a dormir.

Engranajes

Aquí es donde la geometría de la información nos da una bofetada de realidad sin anestesia. La métrica de Fisher mide cuánta información aporta una variable observable sobre un parámetro desconocido. En este mercado laboral, usted es la variable y su “utilidad” es el parámetro que el capital extrae con violencia. La supuesta “maestría” no es sabiduría acumulada; es haber reducido su varianza a cero. Un maestro es un esclavo predecible, una pieza que ya no sorprende, un engranaje que ha aprendido a girar en silencio para no molestar al operador. Se ha vuelto tan eficiente en su servidumbre que ha perdido toda capacidad de ser otra cosa que no sea una herramienta intercambiable.

Y para adornar este descenso a la nulidad absoluta, algunos burócratas con delirios de grandeza deciden gastarse el presupuesto del departamento en una pluma estilográfica de resina preciosa. Creen que firmar memorándums inútiles y contratos de adhesión con un instrumento de más de mil euros les otorga alguna clase de dignidad sobre el caos administrativo. Es patético. Es como intentar arreglar una tubería de desagüe rota usando un bisturí de oro macizo; la herramienta es obscenamente cara y brillante, pero la mierda sigue saliendo igual y el olor a podredumbre no se quita con elegancia. Esa pluma no escribe el futuro, solo certifica su propia obsolescencia con trazos de tinta que nadie leerá jamás.

Desecho

Todo esto no es más que una batalla perdida contra la segunda ley de la termodinámica. El Estado intenta desesperadamente crear focos de orden (trabajadores cualificados) en un universo que tiende irremediablemente al desorden y a la disipación térmica. Pero el trabajador es, desde un punto de vista físico, un motor térmico ineficiente que convierte sándwiches de máquina y ansiedad existencial en correos electrónicos que podrían haber sido una reunión de cinco minutos. La “productividad” es simplemente la tasa a la cual quemamos su tiempo de vida antes de que la estructura informativa colapse por el ruido sistémico.

Me resulta insoportable ver cómo la gente idealiza el “trabajo duro” y la “carrera”. Es como observar a una mosca golpeándose repetidamente contra un cristal sucio, convencida de que si aletea con más “pasión” y mejora su técnica de vuelo, atravesará la materia sólida. No hay geometría, por muy sofisticada que sea, que salve a un edificio construido sobre cimientos de barro y facturas impagadas. Al final, todos somos ruido estadístico, puntos atípicos que el algoritmo eliminará en la próxima actualización de software. Váyanse a casa y dejen de fingir que su trayectoria tiene sentido; el cristal no se va a romper.

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