La última vez hablábamos de cómo la burocracia es un intento fallido de congelar el tiempo para que la incompetencia no huela. Pero hoy, mientras observo este vaso de vino barato que tiene más sedimentos que una excavación arqueológica ilegal, me doy cuenta de que el problema de las organizaciones modernas es mucho más patético. Nos han vendido la moto de la “responsabilidad social” y el “equilibrio entre lo público y lo privado” como si estuviéramos ante un dilema ético de altura. ¡Mentira cochina! Es un problema de geometría de la información mal resuelto por gente que necesita usar los dedos para calcular la propina.
Miren a su alrededor. Las empresas se desviven por parecer “humanas”, pero la “humanidad” en una estructura corporativa es como el aceite rancio en una hamburguesa de un euro: un residuo inevitable que solo sirve para manchar el papel y obstruir las arterias. Si tenemos el valor de aplicar la métrica de Fisher a esta amalgama de mentiras, veremos que la supuesta tensión entre la rentabilidad obscena y el “hacer el bien” no es una lucha épica entre ángeles y demonios. Es, sencillamente, la distancia geodésica entre tu hambre voraz y un plato de comida que lleva tres días enfriándose en la barra. Es intentar medir el aroma de un guiso podrido con una regla de cristal calibrada en nanómetros. Una pérdida de tiempo absoluta y pedante mientras el edificio se derrumba.
Lo que esos consultores de sonrisa blanqueada llaman “propósito” no es más que un ajuste de parámetros en una distribución de probabilidad para que la entropía no nos devore antes del cierre fiscal. Imaginemos que una organización es una variedad de Riemann deformada por la estupidez. En un eje tenemos la codicia más pura —ese instinto reptiliano que te hace robarle el yogur a un compañero de la nevera de la oficina— y en el otro, esa cosa etérea y pegajosa llamada “impacto social”. La mayoría de los directivos creen que están navegando en un mar de valores nobles, cuando en realidad están atrapados en una distribución normal de mediocridad absoluta, donde el único “pico” de la curva es su propio ego inflado por un bono trimestral que no merecen.
La verdadera tragedia, y aquí es donde me dan ganas de gritar, comienza cuando intentamos forzar el “equilibrio”. En termodinámica, el equilibrio es la muerte fría; es el estado donde ya no sucede nada, donde todo es polvo. Una organización que alcanza un equilibrio perfecto entre su negocio y su faceta pública es como una batería de móvil que se niega a cargarse porque “se siente estresada”. Es una excusa patética para la ineficiencia biológica. Es como seguir pagando esa suscripción al gimnasio al que nunca vas, solo para convencerte de que no eres un saco de carne sedentaria esperando el infarto. El equilibrio no existe; lo que existe es una oscilación violenta y nauseabunda entre el cinismo comercial y la culpa burguesa que intentamos lavar con donaciones que no suponen ni el error de redondeo de los beneficios.
Para entender esta catástrofe hay que dejar de leer basura de autoayuda para CEOs y empezar a mirar las funciones de pérdida como si fueran las facturas de la luz en invierno: con terror. La “publicidad” de una institución no es un sentimiento, es una restricción en el espacio de parámetros. Cuando intentas mezclar la ética pública con la voracidad privada, provocas un colapso topológico. Es como intentar meter un menú de degustación de doce platos delicados dentro de un bocadillo de calamares grasiento en plena Plaza Mayor: el pan explota, la salsa te mancha esa corbata ridícula y terminas pareciendo un payaso que ha intentado comer con clase en una alcantarilla.
Hablando de gastos absurdos para ocultar nuestra propia miseria existencial, el otro día, en un ataque de pánico por mi dolor de espalda crónico, me vi obligado a comprar un escritorio elevable de madera de nogal. No lo compré por salud, lo compré porque necesitaba gastar el salario de un mes en algo sólido para sentir que tenía el control sobre la gravedad de mi propio fracaso profesional. Es fascinante cómo invertimos fortunas en muebles con motores silenciosos solo para soportar mejor las ocho horas de videollamadas donde nadie escucha a nadie. Como si la madera noble pudiera absorber el hedor a desesperación de un tipo que sabe que su puesto de trabajo es tan irrelevante que podría ser reemplazado por un termostato averiado.
La realidad es que el “bien público” y el “beneficio privado” son solo dos coordenadas en un mapa de ruido blanco. La curvatura de Ricci de esta variedad organizacional nos dice a gritos que, cuanto más intentas aplanar la estructura para que todos sean “iguales”, “diversos” y “felices”, más tensión generas en los bordes, como cuando intentas cerrar una maleta barata reventada de ropa sucia sentándote encima. El caos es inevitable porque el ser humano es, por definición, una fluctuación estadística ruidosa y molesta. Queremos que los datos nos salven, pero los datos solo son el registro notarial de nuestra incapacidad para convivir sin intentar pisarle el cuello al vecino por un ascenso lateral que no significa nada.
No busquen la armonía. La armonía en los negocios es el silencio de los cementerios. Lo único que queda es la geometría fría, los datos crudos y esa extraña sensación de que, por mucho que midamos la variedad, el resultado siempre será el mismo: un informe en PDF que nadie leerá, archivado en un servidor que consume más electricidad que un país pequeño solo para mantener viva la ficción de que somos algo más que hormigas con traje y ansiedad.
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