Existe una mentira piadosa que los consultores repiten como un mantra para justificar sus facturas astronómicas: dicen que una organización es un «organismo vivo». Qué estupidez más grande. Un organismo vivo tiene la decencia biológica de morir y descomponerse cuando sus órganos fallan; una corporación, por el contrario, posee la obscena capacidad de expandirse hacia la irrelevancia, devorando recursos y tiempo humano como un vertedero nuclear en constante crecimiento. Nos pasamos la vida laboral hablando de «sinergias» y «optimización de flujos», términos vacíos que en realidad son eufemismos desesperados para ocultar nuestra absoluta impotencia frente al desorden. Si el universo tiende inexorablemente al caos, ¿por qué demonios pensamos que un departamento de Recursos Humanos va a ser la excepción a las leyes fundamentales de la física?
Es, sencillamente, delirante.
La acumulación de mugre (Entropía)
En cualquier sistema cerrado —y dios sabe que una oficina con las ventanas selladas y un aire acondicionado que huele a polvo quemado es lo más parecido a una tumba hermética—, la entropía siempre aumenta. En el contexto de la gestión empresarial, la entropía no es una abstracción matemática; es esa acumulación viscosa de correos electrónicos con «copia a todos», hilos de Slack que degeneran en memes sin gracia y reuniones de tres horas convocadas para decidir la tipografía de un informe que nadie leerá. Cada vez que añadimos un nuevo nodo a la red, digamos, un nuevo becario con demasiada iniciativa o un «Chief Happiness Officer» con una sonrisa de plástico, la complejidad no suma, se multiplica exponencialmente.
Es como intentar mantener una ración de patatas bravas perfectamente crujiente en medio de una sauna. La humedad ambiental —la información irrelevante— lo penetra todo, ablandando la estructura hasta que lo que queda es una masa informe, tibia y aceitosa que nadie quiere consumir, pero por la que todos han pagado el precio del menú del día. La información tiene una masa térmica. Procesar un dato requiere energía, y en las organizaciones modernas, esa energía se extrae directamente de la vitalidad de la plantilla, disipándose en forma de calor residual: frustración, cinismo, miradas vacías y ese agotamiento crónico que ni el café más negro de la máquina puede mitigar.
Joder, qué asco de lunes. Y aún no son ni las diez.
El Demonio de corbata
Aquí es donde entra en juego la figura trágica y ridícula del directivo, ese ser que se cree el «Demonio de Maxwell» de la economía de mercado. Para los que faltaron a clase de física por estar jugando al mus en la cafetería, el experimento mental de Maxwell proponía un ser diminuto capaz de separar las partículas rápidas de las lentas, disminuyendo la entropía sin realizar trabajo aparente. En la práctica de las oficinas, el CEO intenta hacer lo mismo: separar el «valor» del «ruido». Se sienta en su despacho acristalado, aislado de la realidad, y cree que mediante decretos y PowerPoints puede revertir la flecha del tiempo.
Este directivo se reclina en su silla ergonómica de diseño escandinavo —un trono de malla transpirable que cuesta más que el coche de mi primera novia y que promete salvarle las lumbares mientras el barco se hunde— e intenta filtrar el caos. Cree que está poniendo orden, pero hay una trampa termodinámica: el demonio necesita información para actuar, y el mero acto de obtener esa información genera más entropía de la que elimina. Cada vez que exige un reporte de «estado del proyecto» para calmar su ansiedad de control, provoca un tsunami de pánico en los departamentos inferiores, generando tres reuniones nuevas, dos malentendidos graves y un aumento del 20% en el consumo de ansiolíticos del equipo. El sistema se calienta. La temperatura sube. Y él, asfixiado por su propio intento de gestión, solo puede apretar los dientes en su torre de marfil.
Vaya pérdida de tiempo. Maldita sea mi suerte.
Disipación térmica
Al final, lo que llamamos «orden corporativo» no es más que una ilusión estadística mantenida a un coste energético insostenible. Mantenemos la estructura no porque sea eficiente, sino porque la alternativa —admitir que estamos a merced de fluctuaciones aleatorias y caprichos del mercado— es demasiado aterradora para el ego humano. Nos aferramos a la burocracia como si fuera un escudo térmico, ignorando que el escudo mismo se está fundiendo y goteando sobre nuestras cabezas.
La verdadera gestión no debería ser el intento paranoico de controlar cada partícula de información, sino el arte de saber cuánta energía estamos dispuestos a desperdiciar antes de que el motor gripe. Pero claro, explicarle esto a un consejo de administración es como intentar explicarle la belleza del silencio a un vendedor de seguros. Prefieren seguir comprando licencias de software que nadie sabe usar, acumulando chatarra digital como quien guarda pilas oxidadas en un cajón con la esperanza mágica de que recuperen su carga.
La próxima vez que estés en una sala de juntas y sientas que el aire se vuelve pesado, que las palabras pierden su significado y que el reloj de pared parece haberse detenido en un acto de piedad cronológica, no busques culpables. Es simplemente la segunda ley de la termodinámica cobrándose su peaje. Estamos quemando nuestro futuro para iluminar un presente que ya está muerto y enterrado bajo toneladas de procedimientos inútiles. Y mientras tanto, el café se enfría, la batería de tu portátil muere y nosotros, supuestos arquitectos del destino, seguimos discutiendo sobre el color de una celda de Excel.
Me vuelvo a casa. Que le den a todo.
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