Sentado aquí, frente a esta copa de vino que tiene más sulfitos que uva y que me ha costado el equivalente a una hora de mi vida desperdiciada en burocracia, uno no puede evitar observar el espectáculo dantesco de la «gestión de lo público». Mirad a vuestro alrededor: esas reuniones interminables en despachos con olor a moqueta vieja y café recalentado donde se busca el consenso como quien busca una moneda de cinco céntimos en una alcantarilla. Nos han vendido que la voluntad pública es un ente místico emanado del corazón del pueblo. Qué sarta de estupideces para mantener a la plebe entretenida mientras el sistema se desmorona.
Termodinámica de la Grasa Fría
Lo que los ignorantes llaman «clima organizacional» no es más que ruido térmico en un sistema condenado. Cuando un comité se reúne para decidir el destino de unos fondos, no están ejerciendo la soberanía; están intentando reducir la incertidumbre en un espacio de probabilidades que les queda tan grande como un traje de boda a un esqueleto. Es como intentar arreglar el motor de un Ferrari con un palillo de dientes y una fe ciega en que el azar no los devore.
Una organización es, por definición, un agujero negro de energía. Gastamos ingentes cantidades de kilovatios en iluminar salas de juntas y en mantener encendidos servidores que solo procesan la nada, solo para obtener decisiones que tienen la consistencia de la grasa blanca y coagulada de una pizza precocinada olvidada en la nevera. Es repulsivo y fascinante a partes iguales. La «voluntad» no es un sentimiento; es un vector que apunta obsesivamente hacia el mínimo esfuerzo. Cada vez que alguien dice «busquemos una solución sinérgica», mi fe en la especie humana retrocede tres siglos. Es un proceso de degradación donde la inteligencia individual se diluye en una sopa de mediocridad colectiva, generando una entropía tal que el simple hecho de decidir el color de las papeleras de un parque se convierte en una tragedia griega de tres actos y cinco presupuestos inflados con dinero que no existe. Es para pegarse un tiro.
La Geometría del Absurdo
Aquí es donde los que aún conservamos un par de neuronas funcionales nos refugiamos en los números, porque las personas decepcionan, pero las matemáticas solo hieren con la verdad. Si mapeamos todas las decisiones posibles de esta masa de gente que solo piensa en su próxima hipoteca, no obtenemos un jardín, sino una variedad estadística donde cada punto es un error potencial. La gobernanza a través de sistemas de cálculo lógico automatizado no es más que la navegación cínica por esta topografía del desastre.
La información de Fisher es la regla de medir con la que cuantificamos nuestra propia ignorancia. Nos dice cuánto podemos saber de un sistema que se empeña en ocultar su estupidez bajo capas de retórica. En una sociedad donde la gente prefiere opinar sobre lo que no entiende antes que callar, la métrica de Fisher se desploma estrepitosamente. Estamos navegando en una llanura infinita de irrelevancia. Para que la lógica algorítmica funcione, debemos dejar de pretender que los datos tienen «corazón». Los sistemas mecánicos deben dejar de simular esa debilidad mental que llamáis «ética» y empezar a calcular geodésicas en la variedad de la necesidad cruda: comida, dinero y el miedo a morir solo. Solo así, eliminando el ruido de los sentimientos, podremos encontrar el camino más corto hacia una eficiencia que no nos haga vomitar.
El Lujo de la Incompetencia
El ser humano es un dispositivo defectuoso que gasta su tiempo en fingir que es importante. He visto a gestores firmar despidos masivos o contratos absurdos con una estilográfica de lujo cuyo precio cubriría la calefacción de una familia entera durante un invierno, como si el peso del metal precioso en su mano pudiera dar peso a sus ideas vacías. Es una broma de mal gusto. Usan herramientas de mil euros para garabatear decisiones que valen menos que el papel higiénico usado.
Incluso yo, mientras escribo esta diatriba que nadie con poder se atreverá a leer, noto cómo mis articulaciones protestan por la resistencia de un hardware barato. Me sorprendo soñando con la respuesta táctil de un teclado mecánico de alta gama con interruptores capacitivos que, al menos, otorgue una sensación de solidez física a mi desprecio por este sistema. Pero no importa el periférico: la salida sigue siendo basura. La optimización mediante estructuras computacionales no busca la justicia —esa construcción infantil—, sino la maximización de la información útil. Para un sistema de información de Fisher optimizado, vuestras quejas sobre la deshumanización son solo fluctuaciones estadísticas, ruido blanco que debe ser filtrado para que la estructura alcance su estado de mínima energía y máxima frialdad.
Al final, la voluntad pública se reducirá a una coordenada en un espacio n-dimensional. Y ese día, cuando una máquina decida por nosotros sin el sesgo de la nostalgia o el hambre, por fin dejaremos de fingir que las reuniones sirven para algo más que para que los mediocres se sientan acompañados en su irrelevancia. Qué alivio será, finalmente, dejar de ser personas para convertirnos en simples puntos en una gráfica de dispersión.
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